lunes, 19 de diciembre de 2016

Obembe


Obembe descendió de las altas montañas del norte de África guardando en su memoria el recuerdo de un río que dividía el mundo en dos.

Ni aún en su travesía más amplia había andado más allá del Gran Monte donde cada día el sol se transformaba en un espectáculo de rojos, naranjas y violetas que daba paso al misterio de la noche.

En dialecto Moakil no existían palabras para describir el sentimiento de quién deja atrás sus ancestros para no volver, porque en principio, nadie se aleja de las tierras de sus ancestros voluntariamente y si lo hace, es porque fue desterrado.El máximo castigo aplicable es abandonar la tierra de los padres. 

Pero ese día Obembe supo que no volvería a correr por las montañas, a nadar en el río en busca de peces, ni hurgaría como niño en los enormes nidos de termitas, que no treparía árboles ni vería los desnudos pechos de las mujeres agitándose en la hoguera nocturna, extrañaría, de entre todas las cosas, el salvaje amor que encarnaban las mujeres del África.Mientras se aleja, en lo alto del cielo, una solitaria ave; un kimué que vigilaba las montañas. Obembe la contempla, sueña que vuela, imagina que a través de sus ojos observa el río, que puede zambullirse en el y atrapar un último pez, que siente el pulso del aire en su cara mientras desciende en caída libre hasta su presa, que lo atrapa con sus poderosas garras y que se yergue vencedora entre toda el África Ardiente 

Desde entonces, en Moakil, se le llama kimué a quien regresa a casa después de mucho tiempo, o esto me contó Dambje, una anciana sacerdotisa de las altas montañas del África, famosa por rezar a las orillas del río que divide en dos el mundo a un amor perdido; Obembe kimué, Obembe kimué.

Muchos años después que Obembe y otros hombres se revelaran en las profundidades de las minas, se empezaron a contar en las aldeas, historias de espíritus que se transformaban en aves que volaban sobre las tierras de sus ancestros.

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