miércoles, 11 de enero de 2017

Otoño



Ya todo se había acabado. 

Todo. 

La vida se había marchado, cerrando tras ella la puerta. Y yo no quería ir tras ella. 

Alicia cerró la puerta y su inminente regreso nos angustiaba. Sofía insistió en que nos quedáramos, pero no fue así, antes que Alicia volviera, nosotros ya habíamos desaparecido de la casa. 

Las circunstancias en que conocí a Sofía son difíciles de precisar, por un lado está la angustia eterna de vivir en este pueblo de calles polvorientas, el mismo que no me atrevo a dejar, y por otro lado esta Alicia, la mujer a quien no me atrevo a dejar. 

Conocí a Alicia cuando trabajaba en la municipalidad, ella era una joven de costumbres erráticas, de ascendencia evangélica y peinado ridículo. Pese a los escándalos de sus padres, nos fuimos a vivir juntos, sin casarnos, renegando con el alma cualquier contrato que nos impusiera Dios, logrando con ello que Alicia se despidiera para siempre de sus padres yOtoño de toda su familia. En el trabajo y en la iglesia, Alicia era perfecta, puntual, servicial, devota, perfecta. Nadie podía juzgarle nada. Era un ejemplo a seguir. Pero bastaba con que entráramos juntos a casa para que atravesando el pasillo ella se desnudara y comenzáramos a hacer el amor. La ropa se esparcía por toda la habitación, como si jugáramos un ajedrez perverso en el que ganaba quien más piezas perdía. Y siempre quedábamos en tablas porque perdíamos la ropa, la conciencia, la noción del tiempo y la vida… y nos lanzábamos a ese precipicio mutuo de dedos y lenguas. Hacíamos el amor… nos poseíamos… nos entregábamos al deseo y al amor, al sudor de los cuerpos, al vapor de nuestra piel, al candor de los labios… Y es que yo la amaba y ella a mí; y confieso que adoraba ver esa transformación de santa descarada evangélica a Alicia, mi Alicia, no la Alicia que era frente a los ojos del resto, si no la que compartía conmigo su piel, su mundo, sus contadas alegrías y sus tristezas.

Éramos jóvenes, no llegábamos a los 30 años, pero nos amábamos y eso era bastante para encerrarnos en nuestro castillo de arena y dibujarnos nuestro paraíso como trabajadores de una municipalidad en un pueblo perdido. 

Tres años habían pasado cuando el padre de Alicia murió, y 5 después su madre. Alicia jamás volvió a ser la misma, desde que se vino a vivir conmigo no volvió a tener contacto con ellos y pese a que los veía cada sábado en la feria, no la saludaban y para qué hablar de mí, me odiaban con la misma devoción con que asistían los martes, jueves y domingos a la iglesia. Creo que en el fondo ella me culpaba por alejarla de sus padres y desquitó su rabia negándome el brillo de sus ojos en la mañana, el café de la tarde, su sonrisa al regresar del trabajo y el sexo al atravesar el pasillo. La casa se volvía más gris y pese a mis intentos por remediarlo, Alicia se convertía en una extraña, en una inquilina de mi memoria y de la casa que extrañaba nuestras delicias conyugales, y que como yo, imploraba a gritos recuperarla. 

Se refugió en Dios, en su iglesia, y esa ternura, y esa emoción de escaparnos de vez en cuando de la ciudad a comprar, a oír música, a burlarnos un poco del resto, terminó. La oía llorar de repente, y cuando mi abrazo se aproximaba a ella, se levantaba y se encerraba en el baño o en la habitación, y yo me quedaba inmóvil, tratando de descubrir en ese ser, ahora extraño, los vestigios de esa Alicia que un día decidió aventurarse a vivir junto a mí. Así pasaron los años, las sonrisas y el sexo era un lujo que rara vez nos permitíamos. Y el recuerdo de Alicia, la única razón para aferrarme a este pueblo murió para siempre y empeoró cuando ella decidió activar continuamente en la iglesia. La felicidad se extinguió, y el tiempo, en este pueblo de barras de futbol y patrones de fundo, se transformo en la letanía tortuosa de la vida sobre mí. Y así apareció Sofía, que siempre había estado allí como una presencia lejana, como una insinuación que me atormentaba levemente cada mañana en la oficina mientras bebíamos un café, o recibíamos con cara de idiotas a la multitud de ilusos jóvenes que reclamaban contra la municipalidad y que al salir, se iban con la misma cara de ilusos idiotas, cómo si aquí alguien los tomara en cuenta. Hasta que Sofía apareció en la fiesta de navidad, Alicia de viaje con la iglesia y ella, ella con un vestido negro de una pieza que se había acomodado perfectamente a las curvas de su cuerpo y exaltaba su enorme trasero de morena pueblerina. Nos buscamos toda la noche entre la multitud, en un juego de gato y ratón, de escondites y encontrados. Se apagaron las luces, terminó la patética música y cada uno se fue a sus casas, no sin antes que todos me preguntaran por Alicia y le enviaran saludos. Sofía se acerco, “Saluda a Alicia cuando llegue”, 

- “el día 28 querrás decir, aquel día vuelve”- comenté. Y nos miramos, y sin hablar, cerramos el pacto. No había nadie, salvo ella, yo, y la casa triste gris, nuestras ropas en el suelo, el calor de los besos y la humedad del ambiente envolviéndonos, apoderándose de nosotros, de la lucha de nuestros cuerpos, de las barricadas incendiarias en nuestros dedos. Hicimos el amor, la inmensidad de su trasero desplegado sobre mí, su cuerpo desnudo enredado entre las sabanas, desordenándolo todo, la vociferación del placer en nuestras bocas, el ardiente debate de nuestros sexos uniéndose y separándose, nuestras manos recorriendo cada rincón de nuestras pieles, memorizando cada esquina, mis dedos derrapando sus pechos, el calor cayendo sobre la casa, su boca enfrentándose a mi aliento, la intensidad del duelo en el ascenso, la pugna de nuestros cuerpos encendiendo, la habitación plagada de sonidos y de sombras, plagada de un mundo en donde solo Sofía y yo existíamos, en donde todo que no fuera de nuestros cuerpos era un estorbo, de pronto, un último esfuerzo y concluimos la tarea, nuestros cuerpos se agradecen la discusión y vacían sus bolsillos en señal de respeto. Y Sofía ha adivinado en mis besos que hemos firmado un pacto, que esto comienza aquí y que no puede terminar, no después de semejante trabajo y es que hasta nuestras mentes se han vuelto una, y yo he leído su mente y ella la mía, pero no podemos volver a ser los mismos, no después de semejante trabajo. De pronto, solo el ruido del descanso da vida a la escena, mientras lo que queda de nosotros se esconde en la cama y en nuestras bocas. Nuestras manos vuelven a pertenecernos y podemos estar seguros de que nuestras vidas eran la última hoja de un árbol de otoño que se resistía a caer. 

Alicia ha vuelto, y creo que lo más sensato es confesarle todo, pero se ha pasado nuevamente todo el día en la iglesia y pareciera que cada vez se vuelve más devota o cristiana, a tal extremo que me ha obligado a pedir la bendición de los alimentos, y no es que me moleste acompañarla en sus rituales, es solo que… es solo que feliz de la vida la acompañaría a la iglesia si me lo pidiera, oraría, cantaría y haría todo eso solo porque no me odiara, solo por recuperar aunque sea un leve del rastro de Alicia. Pero no hay nada, solo hablamos de cuestiones domesticas y confesarle que compartí nuestra cama con Sofía no es algo que se converse junto a la lista de las verduras o las cortinas que hay que cambiar. Así que opto por no decir nada, y pasar el año nuevo y las fiestas patrias a escondidas con Sofía y su figura, su gusto por la comida picante, sus besos por la mañana y la ternura que derramaba después de cada ajedrez en el que empatamos. 

Alicia no sospechaba nada, parecíamos dos universitarios que comparten la misma casa. Por la mañana ordenaba papeles, agendaba citas, coordinaba horarios, por la tarde predicaba el evangelio, por las noches iba a la iglesia y luego a dormir para despertar de nuevo a ordenar papeles, agendar citas y coordinar horarios. Pero Sofía no es una re interpretación que me he hecho de Alicia, es una re conversión de toda la vida como la conozco hasta ahora, aceptarme como infiel y mentiroso, masticar el odio inconfeso de Alicia, tragarme la rabia cada vez que intento acercarme a ella, perderle la fe a este pueblo perdido, y cuestionar los verdaderos motivos de Dios o el azar. Casi no hay trabajo por estos días, el pueblo está concentrado en el caos de algunas protestas y el Alcalde tiene muy pocas actividades públicas oficiales. Es diciembre, otra vez, y con Sofía estamos en la casa que comparto con el fantasma de Alicia, volvemos a besarnos, pero justo antes de disponer el tablero sobre la mesa, irrumpe Alicia en la casa y se marcha entre gritos de histeria, platos que vuelan e invocaciones a su Dios. No quedaba tiempo para nada, Alicia había cerrado de un portazo la puerta y su inminente regreso nos angustiaba. Sofía quiso que nos quedáramos, pero no fue así, antes que Alicia volviera, nosotras ya habíamos desaparecido de la casa. Al regresar estaba Alicia sentada en una orilla de la cama llorando, con el mismo peinado tierno con el que la conocí. Todo lo rompible, estaba hecho trizas en el suelo, era de madrugada. Entré al baño, mojé mi cara y me miré en el espejo roto, una melancolía terrible me invadió… volví a la habitación y al acercarme a ella, se lanzó a mis brazos y me besó como no lo hacía hace ya varios años, me lanzó a la cama y deshizo ese peinado horrible que tanto detestaba y volvimos a ser uno, volvimos a darle vida a la casa, a “nosotros”, hasta el pueblo renació en nuestras memorias y el fulgor de nuestros cuerpos, la rabia acumulada y el odio mismo se esfumó en nuestras bocas, en la interacción de nuestros cíclopes, en el milagro de que el amor nos resucitara. De eso ya ha pasado casi un año, Alicia dejo de asistir a la iglesia, sin que si quiera se me pasara por la cabeza pedirle semejante cosa, renunciamos al trabajo en el municipio y hoy, somos dueños de una pequeña porción de tierra que administramos sin robarle el agua a nadie. Alicia y yo nos llevamos de maravilla y si creyera en la felicidad, diría que somos felices. Creo que lo somos, también creo que Sofía tiene una excitante afición voyerista y que Dios, tiene un extraño sentido del humor al hacernos notar, a Alicia a Sofía y a mí, que nuestras vidas en este pueblo eran la última hoja de un árbol de otoño que se resistía a caer.



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