Debo haber tenido unos 10 años, no puedo decirlo con exactitud, pero era una niña aún, lo sé porque si hubiera sido mayor no hubiera sido posible que sucediera nada, mi yo actual camina por las calles sin mirar a nadie, mi yo de la infancia en cambio se detuvo ese día en la esquina de la calle con la curiosidad que caracteriza a los niños.
Si no mal recuerdo lo que llamo mi atención fue el loro dentro de la jaula que colgaba junto a la puerta, como todo buen niño tenia que acercarme a ver al animal y por tanto al señor que miraba el día pasar sentado sobre la pequeña casa de cemento que protegía la bomba de agua. No puedo describir su cara o su voz… Tampoco recuerdo su nombre, pero era un señor mayor, de esos que usan pantalones de vestir gris claro o café, camisa y suéter, una gorra y un bastón como accesorios y pantuflas o sandalias de calzado. Apoyaba ambas manos sobre el bastón y miraba con esa mirada que tienen los ancianos, de tristeza y felicidad a la vez, de soledad. No hizo mucho por moverse de donde estaba cuando me acerque, pero seguramente me sonreía porque no me aleje de inmediato, primero atraída por el animalito que repetía sin parar la única palabra que sabía “burro, burro”; y por la cual había sido nombrado por sus dueños; segundo porque el también había llamado mi atención.
En realidad no creo que fuera un hombre que tuviera algo interesante que verle a simple vista pero era amable, si, ahora que lo pienso bien, estoy segura que sonreía, comenzó a contarme sobre su loro con esa alegría que llena a las personas mayores cuando hay alguien dispuesto a escuchar todo lo que sus años les han dado que decir. En fin, yo debí de haber tardado bastante porque rato después apareció mi madre buscándome y claro, preocupada porque yo no había regresado a la casa. Le presenté al señor y al perico, por primera vez en lugar de llamarme la atención por hablar con desconocidos o hacerla preocuparse ella sonreía al señor con lo que luego descubrí era nostalgia.
Volvimos a casa, pero desde ese día mi hermano y yo tomábamos tiempo de la tarde para volver a la esquina. La razón, ahora que lo reflexiono luego de años, debía haber sido la misma por la que mi mamá nos dejaba ir, nostalgia. Dejen que me explique, mi madre en esos días era madre soltera y estaba sola, mis abuelos, tíos, primos, en fin, toda mi familia del lado materno vivían en otro estado, a catorce horas de viaje por carretera. Ese señor era probablemente lo que dos niños, que solo tenían a su madre como concepto de familia, el sustituto del cariñoso abuelo que vivía tan lejos.
El caso es que se volvió algo natural ir a la esquina y verlo ahí, siempre sentado con su bastón, siempre con esa mirada y siempre con su mascota. No debieron haber sido muchos días cuando conocimos a su esposa que salía también a veces a platicar. Los temas de conversación son algo que me es imposible recordar, cuantas veces mi mamá fue con nosotros tampoco lo sé, lo que recuerdo muy claramente es la lata de galletas que un día nos dieron porque la Navidad se acercaba, mamá les compro algo también. También supimos que ellos pronto iban a cambiarse de casa. Después de eso no recuerdo nada. Se que se fueron, se que yo sabia que iban a irse y se que meses después mi madre comentaba que el señor estaría ya muerto probablemente y lo triste que eso la ponía. Yo realmente era una niña solamente, porque la tristeza que siento ahora mismo mientras escribo esto no es algo que sintiera en esos días, lo que la muerte significaba no es algo que me importara en los momentos en que solo pensaba en caricaturas y juegos.
Y alrededor de quince años después es cuando el señor vuelve a mi, cuando de verdad caigo en la cuenta de que…
“Hubo una vez un señor… que se sentía tan solo, tan triste y adolorido que sólo deseaba pasar el día sentado frente a su casa, viendo a los niños jugar, viendo a la gente pasar y viendo el día llegar a su fin, seguramente recordando mejores tiempos. En compañía de un loro que sólo decía una palabra, permanecía horas sentado disfrutando el aire y pasando los dolores que el cáncer que poco a poco iba llevándoselo le provocaba. Pero un día, hubo dos niños que se acercaron a el, hubo una madre que lo comprendió, que sonrió, que confió y dejó que su boca siempre cerrada dejara salir muchas historias para los niños que lo visitaban.
Hubo también un diciembre, hubo un intercambio y hubo una despedida. Y hubo un señor que quizás… ya no se sentía tan solo.
Lo que es seguro es que hoy, hay una chica que si bien no recuerda una cara, recuerda una lata de galletas y una esquina, recuerda a un señor y a su loro; y…
espera con toda su alma que la alegría con que ella recuerda esos días, hubiera sido contagiosa.”
Hermoso, si fue un recuerdo tuyo en parte, es lindo que lo describas así, pasa tanta gente junto a nosotros que por desgracia olvidamos, pero que sin querer nos dejan grabados sentimientos que nos forman como adultos, ten por seguro que voy a leer todo lo que escribas.
ResponderEliminarEs un recuerdo, si, me da mucho gusto que te gustara y que tomaras el tiempo de comentar!!! Muchas gracias ^^!! Y gracias por el apoyo :D
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